lunes 24 de octubre de 2011

Cuando caen

Las he visto morir. Descienden rápidamente pero disfrutan esos instantes de libertad que preceden su final. Conocen el destino del viaje porque siempre ha estado bajo ellas y mientras caen, sonríen. Lo sé porque he visto sus plácidos rostros acercándose al mío, cuando, tendido en el suelo, dejaba que me cubrieran de a poco, una a una, en intervalos modificados por el viento. Y el viento, ¿qué puedo decir de él? Ellas lo desean, anhelan su llegada como si fuera un amante clandestino que las visita en la noche. Les gusta que las arranque de las garras de su captor, que las arrope con su manto etéreo y que las embriague con sutiles o súbitos movimientos durante todo el trayecto, durante su descenso. Es curioso, pero al final del mismo, y si cuentan con la fortuna de caer sobre sus espaldas, miran fijamente a quien fuera su apresador, ese al que estuvieron unidas por tanto tiempo, para dedicarle un gesto que fluctúa entre el odio y la gratitud, o en el que logran combinar ambas cosas de una manera casi incomprensible.


Luego, la muerte. Sé que en todos los casos ocurre cincuenta y dos segundos después de que golpean el suelo. Eso lo he verificado muchas veces y bajo distintas condiciones; el resultado es el mismo sin excepción alguna. La tierra parece transmitirles un mensaje reconfortante que las invita a cerrar sus ojos por siempre y olvidarse de quien les dio la vida, de quien las alimentó pero las mantuvo cautivas. La tierra les dice que no son las únicas, que esto pasará una y otra vez. Cincuenta y dos segundos más tarde se estremecen de manera casi imperceptible… y expiran. Empecé a notarlo tras contemplar muchísimas de estas muertes, tan visibles para cualquiera, tan insignificantes para tantos.


Por último, lo que ocurre con sus cadáveres es el resultado de una larga espera en la que infinitas combinaciones de eventos dan paso a la destrucción definitiva. Es usual que se descompongan lentamente, allí mismo donde mueren o en el interior de una bolsa plástica que batalla con el peso de los cuerpos inertes. Sin embargo hay más opciones: el estómago de una mascota, los neumáticos de una bicicleta, las suelas de tus zapatos o de los míos. Sí, confieso que me gusta pisarlas. Al verlas tendidas, muertas, me resulta inevitable dirigir mis pasos hacia ellas y luego escucharlas crujir. Vamos, hazlo tan solo una vez y vas a comprenderme. Es su sonido lo que me cautiva. El sonido del mundo partiéndose en dos, el de una despedida amarga, el de unos labios que sonríen sin quererlo, el de un proyectil atravesando los pulmones, el de la ruptura vestida de mujer.


Por eso las seguiré pisando, a ellas, a sus cuerpos desvalidos. En cierto modo creo que las ayudo, pero nunca he dejado de preguntarme si, de poder hacerlo, me dedicarían un gesto que fluctúe entre el odio y la gratitud, o en el que logren combinar ambas cosas de una manera casi incomprensible. Eso, no lo sé.

jueves 1 de septiembre de 2011

Una vez más

Discúlpame, pero olvidé lo que iba a decirte. Lo escribí en un papel arrugado que luego guardé en mi bolsillo. El bolsillo del mismo abrigo que se quemó mientras trataba de salvarte de las llamas, el que usé para arroparte mientras el calor y la luz se alimentaban de tus telas y de tu piel. Sé que era algo importante, lo sé, pero créeme que no lo recuerdo. Traté de decírtelo en el pasado, pero esa costumbre tuya de huir todo el tiempo interrumpía el curso de mis palabras hacia tus oídos. Casi te lo digo esa vez en que te lanzaste del muelle para alcanzar la gaviota que se robó tus palomitas de maíz; por poco y lo pronuncio el día en que quisiste atravesar la autopista con tus ojos cerrados o la noche en que aseguraste ser inmune al veneno para ratas. Lo siento, pero es que lo había querido decir tantas veces que terminó por convertirse es una maraña de ideas y de cosas ciertamente incomprensibles. Aún así, necesitaba que lo escucharas, que lo supieras. Tenía algunas dudas acerca del método para lograrlo y finalmente entendí que mis cuerdas vocales no eran las indicadas. Por eso, tomé el papel arrugado: un envoltorio de chocolatina o un recibo de supermercado – no estoy muy seguro – y dejé que las letras se unieran como espuma y que algunas de ellas explotaran como débiles burbujas de jabón en el piso de la ducha, hasta formar un cúmulo de palabras que tuvieran sentido para mí, y quizás para ti.


Todo estaba escrito sobre el papel arrugado, pero de él sólo quedan cenizas en el fondo de un bolsillo hecho cenizas.


Las palabras se han ido y tú has escapado una vez más.

sábado 11 de junio de 2011

Retorno

Sonríes a la nada y besas el suelo. Luego acaricias tus tobillos: hinchados, palpitantes, oxidados. Observas cómo la cadena se hunde en tu piel oscura, la absorbes como a un líquido, poco a poco. En tanto, el crujido de los dientes se multiplica por los corredores y su eco se dilata con cada paso que da. El resto de tus compañeros también sonríe pero no sabe por qué, suelen hacerlo antes de salir corriendo para estrellarse contra la pared. A ellos les gusta marcar su frente con la textura de los húmedos ladrillos que los circundan, pero tú prefieres el suelo. Tú en cambio privilegias el sabor de la arena sucia sobre cualquier otro, el de la tierra que fertilizas con tus lágrimas y tu saliva, la que saboreas después de golpear. Le gritas, pero a fin de cuentas la quieres, porque lo único que esperas de ella es que te acoja en su seno y te abrace como a un hijo al que algún día dejó partir.

domingo 27 de marzo de 2011

Mientras esperaba

Para quien ha presenciado estas inundaciones


No pretendo que me crean. Yo tampoco lo haría, pero me veo obligado a hacerlo tan sólo para mantener con respiración un recuerdo débil y propenso a morir. A veces, cuando no tengo nada más que hacer, trato de buscarlo y reconstruirlo; pero comienza a diluirse, a ahogarse en un líquido denso y pegajoso. Hoy no. Creo que sale de las tinieblas, aunque sospecho que viene a despedirse de mi memoria: pasará de ser un recuerdo a ser… nada - ¿qué más si no? - , sin dejar rastro alguno.

Sé que estuve sentado en el sofá de una sala, sí, un sofá de textura rugosa que recorría con mis dedos mientras, impaciente, la esperaba. ¿A quién? Bueno, su nombre no debería interesarles. Llámenla como quieran, yo le diré ella.

Hice lo que normalmente se hace en la soledad de una sala desconocida, esto es, permanecer silencioso mientras la mirada rebota de esquina en esquina y de manera intermitente se posa sobre un portarretratos, una bailarina de porcelana china o unas flores artificiales, para comenzar de nuevo el recorrido y pretender encontrar detalles nuevos. Así fue como noté que no había ningún tipo de ventana a mi alrededor, el apartamento parecía ser uno de esos recipientes herméticamente sellados, diseñado para aislarse de la luz y del oxígeno. Comencé a experimentar cierta opresión al saberme encerrado de tal manera. Estar consciente de ello hizo que de repente el calor y la pesadez de la atmósfera se hincharan hasta hacerse insoportables. ¿Te demoras?, recuerdo haber preguntado, pero mis únicas respuestas fueron los intensos soplidos del secador de pelo y luego un suave murmullo impregnado ligeramente por la docilidad de la misma voz que minutos u horas antes me había dicho “espérame un segundito nada más, ya casi estoy lista”. ¿Te demoras?, dije una vez más, y un lánguido no llegó como una suerte de eco a mi interrogación.

Hasta ese punto, la situación era más bien típica, pero sin duda dejó de serlo cuando cierta frescura invadió el ambiente y el sonido de una corriente de agua se acercó hacia mí. Diminutos arroyos comenzaron a aparecer, provenientes desde el fondo del pasillo; serpenteaban bajo las mesas y las sillas, y se aunaban hasta formar riachuelos más grandes como el que llegó hasta mis zapatos. Pensé en alguna canilla abierta, pero la intensidad de la corriente, siempre en aumento, hizo inútil cualquier explicación. Sobresaltado, fui a buscarla para saber qué estaba ocurriendo, pero no pude hallarla. Llegué a su habitación – también sin ventanas –, el secador de pelo estaba en su lugar; ella, en ningún lado. En tanto, el agua parecía seguir brotando del piso y su nivel se incrementaba cada vez más, muy rápido. ¡Ridícula situación!, ¡un tercer piso inundándose vertiginosamente, de la nada!, ¡un tercer piso sin ventanas!, ¡un apartamento en el que la gente desaparece porque sí! Pero todo era cierto: sentí el frío, la humedad, la soledad. Grité su nombre en repetidas ocasiones y ella seguía ausente. Agua, más agua, mucha. Corrí, o mejor, nadé hasta la puerta, pero me resultó imposible abrirla en tales condiciones.

Las cosas flotaban y yo trataba de no hundirme. Pensaba en la muerte por sumersión, en lo que sentiría cuando mis vías respiratorias colapsaran, en mi cadáver azul al lado de los portarretratos y las muñecas de porcelana china. Me acercaba al techo, que era el fin del aire, mi fin; y buscando algo de consuelo empecé a evocar el encuentro casual que tuvimos, su rostro enigmático y sus labios carnosos pronunciando unas palabras que me invitaban a esperarla en su apartamento mientras se alistaba. Me llevaría a su lugar favorito, a un rincón del puerto que nadie más conocía. Era un motivo plausible para verla más tiempo, para seguir saboreando el narcótico que emanaba toda ella. Así fue como termine allí, temblando y casi besando el techo de un tercer piso inundado.

Ahora trato de entender cómo pude regresar, cómo pude evitar el ahogamiento; pero no lo sé. Cierro los ojos y me veo de nuevo sentado en un sofá de textura rugosa, un sofá mojado y frío, como yo en ese momento, como todo mi cuerpo y la ropa que lo cubría. Recuerdo que pregunté “¿te demoras?”, y que una voz, por encima del ruido del secador de pelo, replicó: “ven mañana, parece que fuera a llover”.

lunes 29 de noviembre de 2010

Ayer te vi

Observó a través del retrovisor. No reconoció el rostro que flotaba tras el volante del vehículo que lo asediaba. Aquella mujer trataba de transmitirle un mensaje cifrado en un lenguaje de claxon y no podía comprenderlo: ¿Puerta abierta? ¿Fuga de aceite? La miró nuevamente y esta vez sus manos aparecieron nítidas. Le señalaron la esquina, o los semáforos, cualquiera de las dos cosas. Allí se detuvo – luces intermitentes, vidrio en descenso, sudor tibio – y aguardó a que ella hiciera lo mismo, empero, la mujer continuó su ruta dedicándole antes una tímida sonrisa que escondía un “hola” y un “hasta nunca”.

domingo 19 de septiembre de 2010

Loca

La sinfonía está completa: el aleteo de las palomas, la leve llovizna sobre el tejado, el rumor de la radio sintonizada en una de esas emisoras olvidadas del AM. Es su sinfonía predilecta y suele escucharla algunas tardes de domingo, como esta, en que la vaciedad de la casa y de su pecho la motivan a dormitar en el sillón.
La visitante de ayer, si bien ya partió, dejó un rastro que Rosa desearía suprimir, pero que permanece en el mal gusto alojado en sus papilas y en el mal olor que aún flota en el portón. En cierto modo la odia, pero le resulta casi imposible no invitarla a pasar cada que llama a su puerta; por lo general lo hace cada semana o incluso cada dos o tres días. Llega siempre cargada de pretendidas buenas intenciones, con sus postres de mandarina y su camándula: monumental y acaramelada. Le dice: “Rosita, querida, recemos un poco y luego te cuento lo que pasó con las hijas de los González” y ese es el inicio de una incómoda tarde en la que es hostigada por las frases de esa autómata piadosa y chismosa empedernida.

El domingo continúa, nublado y ventoso, la llovizna cesa, y justo cuando Rosa está a punto de dar el último paso hacia la inconsciencia, es sacudida por el sonido de los golpes sobre la puerta. Los reconoce, puede incluso predecir los que vendrán, porque siempre hay una pausa entre la primera serie y la segunda: toc, toc, toc -------- toc, toc. ¿Por qué otra vez?, se pregunta, ¿habrá dejado algo ayer? No desea abrirle, por eso prefiere asomarse por una de las ventanas del frente.
– Hola.
– Rosita, ¿le molestaría si hablamos un momento?
– Ahora me queda como difícil, estoy ocupada.
– No la demoro, lo prometo. Es que ayer se me olvidó contarle algo importante… además… créame que necesito entrar.
– ¿Y no puede venir más tarde? O mejor mañana.
Mira a Rosa con cierto desdén, pero se niega a marcharse.
– No, no puedo, y siendo así la cosa me va a tocar hacerlo acá.

A continuación, se sube el vestido a la altura del vientre, lo sostiene con su mano izquierda, se agacha y deja que el líquido amarillento se abra paso siguiendo un cauce recién descubierto.
No lleva ropa interior, de eso se percatan los niños que, sorprendidos, la observan desde el otro lado de la calle empedrada. La loca del pueblo ha hecho de las suyas una vez más.

– ¡Que estás haciendo por el amor de dios! ¡Y al frente de mi casa! ¡No jodás pues!

La otra sonríe. Cuando termina, se pone en pie y suelta mecánicamente el vestido; éste cae como un telón que cubre un escenario pobre y desastroso. Mira a Rosa una vez más, y a través de esos ojos desorbitados le transmite un mensaje que sólo ella puede comprender y agrega:

- ¡Ahí tenés Rosa! Un motivo más para avergonzarte de esta vieja. Loca y todo pero tu mamá, ¡tu jodida madre! ¡Ah… y aún tenemos una última conversación pendiente!

Suenan las campanas de la iglesia y pronto la calle estará colmada por la gente que atiende a su llamado. Rosa cierra la ventana y corre a refugiarse en la seguridad del sillón. Desde allí ha dirigido sus maldiciones al mundo desde que su vida empezó a complicarse. Pensar en la forma en que todo ocurrió y en lo paradójico de las circunstancias, hace que se llene de rabia. Aprieta con fuerza el cojín que tiene a su lado y empieza a recordar esas noches de infancia.
Recuerda el sonido de los pasos provenientes del patio trasero, los jadeos de quien se acercaba, el hundimiento del colchón cuando aquella figura se sentaba a su lado, la pesada respiración que la acompañaba por los siguientes minutos, la oscuridad total de la estancia y los gritos contenidos.
Rosa sentía que era observada mientras dormía – mientras la figura creía que dormía –. Imaginaba unas manos acercándose a ella, a su cuerpo; pero jamás la alcanzaron. Permanecía rígida hasta que un leve quejido de la figura marcaba el final de la visita. Retornaba el sonido de los grillos y también el deseo de gritar “¡mamá!”; pero Rosa sabía muy bien donde se hallaba ella. Estaría sentada en una alta silla de madera junto a una barra de cantina o aún más probable es que ya estuviera acomodada en el regazo de algún campesino alcoholizado. Tendría las manos alrededor de su cuello y le frotaría delicadamente sus orejas esperanzada en unos cuantos billetes de más.
El episodio fue recurrente y la llegada de la noche era la llegada misma del terror. Rosa esperaba, soportaba, apretaba sus párpados y su mandíbula, conciliaba el sueño sólo hasta al amanecer.


Las campanas se detienen. Rosa se levanta del sillón y enciende un par de velones. Siempre le ha gustado esta luz, la encuentra misteriosa y romántica. Las pequeñas flamas son la puerta de entrada a un mundo de fantasía en el que es amada. Regresa al sillón y resguarda sus brazos entre las piernas. Recogida como está, ladea su cabeza, humedece sus labios y se ve a sí misma disminuida y multiplicada en la cristalería del estante.
Respira hondo y se transporta a la noche en que las visitas de aquella presencia tuvieron una primera pausa, la misma noche en que su madre volvió a dormir cerca de ella, en el cuarto de al lado. Pero, ¿para qué? Ya no era necesario que estuviera allí, Rosa ya no tenía motivos para gritar “¡mamá!” en medio de la oscuridad, y aunque en cierto modo esto era una fuente de consuelo, el sentimiento de miedo se transformó en rencor. Un rencor que sigue acumulando y arde como la mecha de sus velones cada que escucha los golpes en la puerta.
Sin embargo, aún no comprende muy bien cómo fue que la brecha entre ella y su madre creció y creció hasta hacerse un mar infinito plagado de remolinos. Imaginaba que uno de ellos se la tragaba y que una vez más era inútil pedir auxilio. Se hundía, el color azul se metía en su garganta y finalmente la ahogaba.
Lo que sí está claro es que la indiferencia de la madre aumentó a medida Rosa se hacía mujer, una mujer atractiva capaz de levantar perspicaces comentarios referentes a la perfección de sus senos y demás formas de su cuerpo. Los escuchaba cada que atravesaba el parque, sobre todo la zona en que se reunían los jubilados y también la de los colegiales.
La madre escondía sus celos tras la frialdad de un trato limitado a servirle la comida a su hija y velar sólo por aquello necesario para su supervivencia. Esto implicaba trabajar, y había algo que hacía mejor que cualquier cosa. Así fue que retomó sus labores nocturnas y así fue que Rosa estuvo de nuevo sola en la oscuridad.
Tal como lo esperaba, la figura estuvo de regreso. En principio, y como antes, aquella presencia le causaba miedo, pero luego, y sin saber por qué, empezó a acostumbrarse, incluso a disfrutarlo. Desde aquel entonces descubrió su inclinación por la luz de los velones, los dejaba encendidos al iniciar la noche y aguardaba ansiosa la visita, hasta que los últimos suspiros de ésta los apagaban de manera instantánea. Era tan solo la presencia, nada más. Ella simulaba dormir, luego dormía. Así ocurrió por varios años – y aún sigue siendo así –, no de manera constante, pero sí lo suficiente para que Rosa compensara el tedio del día y el de su amarga relación con una madre que poco a poco se descompensaba emocionalmente, consumida por angustias que su hija nunca supo identificar.


Esta mañana inician las fiestas patronales, hay alborozo en el pueblo. Desde el patio trasero, Rosa casi puede ver el rumor que se levanta y arremolina alrededor del campanario. Se viste acorde a la ocasión, pues le gustaría que alguien, alguien, pusiera sus ojos en ella. Termina de alistarse y desciende por la calle empedrada. El parque está repleto, pero su mirada, autónoma y caprichosa, busca y encuentra a la madre. Está sentada en una de las bancas de la zona de los locos y los pordioseros. Se le ve triste y demacrada, pero en su imagen aún quedan residuos de una antigua belleza. Rosa se acerca y se acomoda a su lado.
– ¿Qué era lo que tenía que decirme? ¿Cómo así que una última conversación?
– Sabe Rosita. Yo sé que la abandoné, pero usted ya podía defenderse sola. Y mire que hasta le dejé la casa.
– Pero para qué una casa, si usted ni siquiera me decía que me quería.
– Yo sí la quería, pero...
– ¡Valiente gracia saberlo a estas alturas de la vida!
– Déjeme pues terminar. Yo sí la quería, por eso he tratado de buscar su perdón; pero todo lo que veo cuando me abre la puerta es una hija que me odia. Se le nota en la cara Rosita, se le nota.
– Yo no…
– No diga que no, porque se le nota Rosita. Y si quiere la verdad, se la voy a decir. Yo a usted sí la quería pero en el fondo… pero en el fondo… - comenzó a acelerarse su respiración - … en el fondo también la odiaba como usted ahora a mí. ¿Y sabe por qué? - Rosa la miró asustada - Porque por tu culpa desgraciada, me abandonó. ¡A mí también me visitaba en las noches! - gritó esta vez -.
– ¿De qué me está hablando?
– Usted sabe muy bien, claro que lo sabe. Aún extraño que venga y se siente a mi lado. Extraño su respiración. Nunca me atreví a abrir los ojos pero en esa época era como un vicio. Un vicio que me hacía olvidar de los hijueputas que me manoseaban en la cantina, un vicio que me hacía pensar que era especial. Pero me cambió por usted. Me confesó que la había visto dormir y que desde entonces la visitaría a usted. Antes, antes yo era su favorita. Su durmiente, la única. Extraño también sus palabras…
– ¿Sus palabras? – inquirió Rosa, sorprendida.
– Sí, sus palabras - la madre comenzaba a perder la calma - ¿Sabe por qué las recuerdo? Porque me las dedicaba sólo a mí, nacían cuando pensaba en mí.
Se levanta, se apoya en uno de los árboles y predica:

Creo que es posible jugar con el viento:
Lo tomé entre mis manos y tenía la textura del algodón.
De hecho lo hice con tu respiración,
A fin de cuentas es viento nacido en tus entrañas.

Lo sentí en la palma de mi mano, mientras dormías.
Tibio, constante y breve.
No me escuchabas, ni a mí ni a los crujidos de mis huesos.
Chocaban entre sí, acomodándose, apretando el alma,
Porque quería escaparse, huir,
Incluso se derramaba por mi boca
Como un líquido imposible de contener.

Jugué con el viento, con tu aliento.
Era maleable.
Le di la forma de tu cuello y luego la de tu rostro.
Te dupliqué por unos segundos,
Para verte más,
Para recordarte más.

A pesar de que aún soñabas.

– Me lo decía despacio, muy despacio, antes de despedirse, antes de que abriera mis ojos en la oscuridad para descubrir la soledad del cuarto. Recuerda Rosa: cada que me veas por la calle murmurando algo, cuando vean a la loca hablando sola, estaré repitiendo esas palabras. Mi consuelo y maldición.


Hay algo predecible esta noche y Rosa lo sabe muy bien. La electricidad que flota en el aire es la que precede su llegada. La luz de la luna es intensa y atraviesa despiadada la ventana del cuarto, por eso no enciende los velones. Cierra sus ojos y en breve escucha el inicio de otra de sus sinfonías predilectas: los pasos provenientes del patio trasero, los jadeos de quien se acerca, el hundimiento del colchón, la pesada respiración de quien la acompaña. Imagina de nuevo las manos que se acercan, las que nunca han llegado, pero esta vez sí la alcanzan, alcanzan sus mejillas, y tras una leve caricia se vuelven a alejar. Como todo ha tomado un rumbo distinto, Rosa se atreve a abrir sus ojos por primera vez, pero la figura está a sus espaldas. Su corazón palpita, es audible. Duda si hacerlo o no. Al final lo decide. Se da la vuelta, mira directamente la figura y aún sin resolver la imagen que tiene ante sí, pregunta, celosa y temeraria: ¿Qué tienes para decirme a mí?

martes 3 de agosto de 2010

Mary, te amo

- Me caso, ¿y qué?
- Mary, no digás eso, me duele demasiado.

Aurelio acababa de entregarle a Mary una carta que él mismo había decorado, era una imagen exquisita, adornada con finos trazos que formaban la silueta de un par de corazones entrelazados. Estos, a su vez, mantenían cautivas las palabras “Tú y Yo”, aunque en realidad hubiesen sido más adecuadas “Él y Tú”. El papel estaba un poco arrugado y tenía algunas perforaciones – quizás provocadas por un insecto o roedor – pero trató de disimularlas con polvos brillantes y adornos improvisados que lo hicieron sentir orgulloso de sus habilidades artísticas. El resultado: amor puro hecho tarjeta.

- Venga, reinita, ¿usté es que ya no me quiere?
- ¡Qué bobo!, ¿y es que cuándo se supone que lo quise? Usted sabe que yo soy de otro.

En ese instante, Aurelio recordó las docenas de veces que el catre se había estremecido, los cientos de te amo que se habían derramado de sus bocas, las miles de promesas firmadas en el aire y los millones de lunares repartidos por la humanidad de Mary, todos los había besado. “No me quiere”, pensó, “a pesar de todo eso y ni me quiere”.
Ella permanecía altiva, apostada contra el marco de la puerta; la reja entreabierta, las chanclas asomándose a la acera, los vallenatos como banda sonora de una tragedia.

- Bueno, entonces me voy.
- Bueno, chao.

Aurelio le arrebató la tarjeta – ¡cómo dejársela! – y se marchó, resuelto a encontrar a una digna merecedora de ésta. Pasó un par de horas sentado en aceras y en bancas, observando a una posible candidata; entre tanto, comía mango biche y retiraba los restos atascados en sus muelas con un palillo que había acomodado tras su oreja desde el inicio de la semana.
“A ver, ¿cuál de estas tiene cara de Mary?”, pensaba cada que se acercaba un grupo de muchachas; pero lastimosamente las Mary no se diferencian mucho de las Maritzas o de las Maryoris, por ejemplo. Abortó su empresa, era inútil. Ella era irremplazable.

Regresó al barrio; cabizbajo, derrotado. Ordenó una cerveza al tendero, el de “Miscelánea-Granero-Frutera la 38”, pintoresco y confortable negocio ubicado al frente de la casa de Mary. No fue casualidad entonces que la hubiera visto en el balcón, pintándose las uñas de los pies, como tanto le gustaba. Cuando terminaba de hacerlo, las exponía al sol y al viento allí mismo, y parecían colgar de la baranda como diez diminutas prendas, al lado de sus blusas brillantes y los calzones de sus hermanas.

“¡Casate entonces!, ¡casate!, ¡casateeeeeee!”

La tarjeta permaneció bajo su custodia, era su bien más preciado. Algunas veces la observaba antes de dormir y a cambio obtenía sueños, o mejor, pesadillas en las que Mary le arrancaba las entrañas y aún palpitantes y húmedas las transportaba hasta el altar, donde su prometido las lamía antes de besarla a ella como el cura ordenaba.

La obsesión de Aurelio por su doncella, la de voz estridente y andar acompasado, lo hacía actuar de un modo insano y patético. No había otra, sólo era Mary. La misma que había desaparecido tras una estela blanca, una lluvia de arroz y unos agrestes campanazos en la parroquia del Divino Redentor. Eso es lo último que recuerda de ella y eso es lo que trata de dibujar en su nueva tarjeta. Ha tratado de hacerlo muchas veces y no puede… su dolor, su vacío, ¿cómo se dibuja eso? Se lo pregunta una y mil veces.

Permanece enclaustrado en el pequeño cuarto de la pensión, observado por el opaco bombillo que, como suicida, cuelga y se mece desde el corroído techo. Aurelio no sabe qué dibujar, vehemente se aferra al lápiz y concentra su mirada en el rectángulo de papel en blanco. Quiere una última tarjeta para Mary, la definitiva, la que le hará saber que ella le pertenece, que él le pertenece. El mundo de Aurelio se reduce a esa habitación y el transcurrir del tiempo parece acelerarse. Su barba crece, su piel se arruga y sin haberse dado cuenta comienza a ser devorado por el comején que otrora se ocupaba de las sillas, los periódicos y las hojas de colores que utilizaba para las tarjetas. Los ripios de sus ropas y de su carne se acumulan en el suelo, pero en principio ni siquiera lo nota; es traspasado por los insectos y ahora su sombra no es un ente oscuro y homogéneo, sino una malla amorfa que yace inerte sobre las baldosas.

Aurelio empieza a sentir el frío que lo atraviesa de lado a lado, y de un modo intempestivo interrumpe su búsqueda de esa imagen perfecta. Perforado como está, se levanta, se observa al espejo… ¡la ha encontrado! Decide derramar polvos brillantes sobre sí y algunas pinturas de colores vistosos. Luego toma uno de sus punzones y talla sobre su pecho una corta pero cariñosa frase. El resultado: amor puro hecho tarjeta.



Dedicado a Aurelio... y a su tarjeta.